Haz la prueba en cualquier reunión.
Pregunta quién sabe qué es un reposado y qué es un añejo.
La mayoría levanta la mano.
Ahora pregunta qué es un tempranillo o qué significa que un vino tenga crianza.
El silencio aparece.
No es casualidad.
El tequila es identidad nacional. Tiene denominación de origen, narrativa histórica poderosa y una industria que entendió, desde hace décadas, cómo construir orgullo alrededor de su producto. Lo defendimos, lo exportamos y lo convertimos en símbolo de México.
El vino, en cambio, quedó en segundo plano culturalmente, aunque la historia diga otra cosa. La vid llegó a nuestro territorio en el siglo XVI, antes que en muchos países del continente. Tenemos regiones con condiciones extraordinarias y proyectos que hoy compiten en calidad internacional. Sin embargo, nunca construimos el mismo relato colectivo.
El tequila se volvió parte de la celebración.
El vino se percibió como algo lejano, extranjero o elitista.
También hay una realidad económica. El tequila se produce en grandes volúmenes y está presente en todos los niveles de consumo. El vino mexicano, en cambio, sigue siendo una industria pequeña en escala comparativa. Menos presencia en anaqueles significa menos educación cotidiana.
Y lo que no se ve, no se aprende.
Además, el vino exige algo que el tequila no necesariamente pide: tiempo. Tiempo para entender regiones, uvas, estilos. Tiempo para sentarse a beberlo con calma. En una cultura acelerada, eso influye.
Pero algo está cambiando.
Nuevas generaciones están perdiendo el miedo. Las mesas mexicanas están integrando vino con tacos, con mole, con cocina contemporánea. Las regiones productoras están profesionalizándose. Y el consumidor está empezando a hacer preguntas.
No se trata de competir contra el tequila. No son enemigos. Son expresiones distintas de nuestra tierra.
La verdadera pregunta es otra:
si fuimos capaces de convertir al tequila en símbolo mundial, ¿por qué no podríamos hacer lo mismo con el vino?
Tal vez no sabemos menos.
Tal vez apenas estamos empezando a mirarlo como propio.
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